Francisco Lorenzo

Francisco Lorenzo

martes, 23 de febrero de 2010

Añoranza de un paisaje perdido



El transcurrir de mi infancia en los pueblos, playas y campos de la Costa dejó en mí una huella silenciosa pero profunda, a la vez que me inculcó un gran amor por nuestro entorno y su naturaleza.
Mi espíritu y el de toda nuestra generación se fue forjando durante "mil Correrías" por la vega de Motril con "guardas y carcamuces" en los talones a punto de alcanzarnos el trasero con sus vergajos,o alguna que otra vez con sus "tiros de sal", cuando en pandilla íbamos a "chupar cañas de almil". Fueron también las grandes "incursiones por territorio comanche" a por brevas, higos o rebuscar almendras en los Tablones, Lagos, la Garnatilla, en el Cerro del Toro o en llano de los Cordobilla las que nos convirtieron en "valientes guerreros" de una vida dura y difícil. O tal vez fueron nuestros "desembarcos en bicicleta" en la playas de Torrenueva, del Pelaillo, de la Joya, o de la Chucha donde lo mismo éramos "piratas" que luchaban a brazo partido por el tesoro, por quedarse con la princesa, que soñabamos con ser grandes deportistas en aquellos gloriosos días en los que emulábamos a Di Stéfano o Pelé en aquellos memorables desafíos de "los de Campo, contra los de la Mar" en la plaza de la iglesia de Torrenueva.

Fueron estos paisajes de mares azules, de verdes cañas, chrimollas, hileras de membrillos, de plataneras en los balates, sedientos secanos de dulces higueras y almendros floridos los que nos forjaron en el más duro acero para enfrentarnos a la vida. Paisajes en los que aprendimos a ser felices con casi nada, o mejor decir "sin nada."
Hoy, cuando mi vista se extiende por nuestro sufrido y maltratado paisaje, ya sin el verde de la caña, donde apenas quedan algunos almendros abandonados, pienso en lo insensibles que somos los humanos, en el poco interés por cuidar lo nuestro, en la desidia de todos por nuestras señas de identidad, pero sobre todo me entristece tanta belleza perdida. En muchos momentos mi retinas vuelven atrás en el tiempo, traen a mi mente el feliz recuerdo de la paleta de los colores de los paisajes de mi niñez. Me acuerdo de los colores del Motril de mi infancia. A finales del mes de Enero Motril tenia un bello manto tricolor, azul (nuestro mar) verde (la vega) blanco rosaceo, sus montes llenos de almendros en flor.

La floración del almendro en mi niñez era un bello expectáculo natural, los alrededores de la ciudad parecían nevados.Como testigo mudos de ese tiempo que quiero recordar en esta entrada aun resisten algunos ejemplares, se pueden ver cuando pasamos por la Circunvalación, un poco más arriba del cruce de Pataura y subiendo hacia la Gorgoracha por la carretera antigua de Granada a la altura del cortijo Malpica.

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