
El teniente genreal D. Candido Hernandez Velasco nació en Motril el 4 de Septiembre de 1846, ingresó en el Colegio de Infantería como cadete el 4 de Julio de 1862 y su carrera militar acaba el 5 de Septiembre de 1918 día en que cesa por edad (72 años) de su cargo de Capitán General de Las Islas Canarias.
La mayor parte de sus 56 años de servicio los empleó en campañas y actividades bélicas.
Obtuvo por méritos de guerra los grados de Teniente (1868 por su participación en la batalla de Alcolea, a las ordenes del General Serrano, Duque de La Torre, batalla que decidió la revolución e hizo huir a la reina Isabel II a Francia)
Capitán en 1870 por su actuación en Monte Orrio durante las guerras carlistas.
Comandante en 1874, por su actuación en la operación de las Canoas, Cuba.
Teniente Coronel en 1877, a causa de diversas operaciones llevadas a cabo en Cuba, especialmente la de la finca Pamplona el 22 de enero, en la cual fue herido de bala en su brazo izquierdo.
General de Brigada en 1896, por las múltiples acciones contra los insurrectos cubanos y muy especialmente por la del día 27 de Septiembre de Tumbas de Torrico.
General de División en 1901, en reconocimiento a los extraordinarios méritos que contrajo en la última campaña de Cuba.
El grado de subteniente lo alcanzó al graduarse de la academia y tan sólo el grado de Coronel de Infantería en 1888 lo lo consigió por antigüedad.
Finalmente el grado de Teniente General lo consigue en 1912 por sus servicios y circunstancias.
Impresionante su hoja de servicios que se refleja en los honores y condecoraciones de que fue objeto a lo largo de su vida profesional:
1875.- Medalla de la Campaña de Cuba con dos pasadores
Cruz Roja de 1ªClase del Mérito Militar
1876.- Fue declarado Benemérito de la Patria por los servicios prestados en la campaña de Cuba.
1881.- Cruz sencilla de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.
1884.- Medalla de la Guerra Civil de 1873 y 1874
1888.- Placa de la Real Orden de San Hermenegildo.
1896.- Cruz Roja de 3ªClase del Mérito Militar pensionada
1897.- Gran Cruz de san Hermenegildo.
Gran Cruz del Mérito Militar.
1898.- Gran Cruz Pensionada del Mérito Militar.
1899.- Medalla de la última campaña de Cuba, con tres pasadores.
Además recibió en 1895 el homenaje de la isla del Pinar (al sur de la Provincia cubana de Pinar del Río) que le hizo Hijo Adoptivo y le nombró Alcalde Corregidor. En 1897 los pueblos de San Diego de los Baños y de San Cristobal (Cuba) lo proclamaron Hijo Adoptivo. Así mismo Motril (España) lo declaró Hijo Predilecto en 1896.
Desempeñó los cargos militares de: Gobernador Militar de Vizcaya en 1901, Islas Canarias Orientales (Las Palmas) desde 1904 a 1916 y Capitán General de las Islas Canarias de 1916 a 1918, año en el que pasó al retiro por edad.
Era un hombre enormemente grande para la época, pues medía más de un metro noventa, algo raro en una país donde era alto el que sobrepasara el metro setenta. Debía tener un gran vozarrón y fuerte carácter.
Hay una anecdota que define claramente el tipo de persona que era. El General Weyler, era Capitán General en Cuba, es decir, el superior de Don Cándido cuando éste hizo prisioneros a los cabecillas de la independencia cubana, Juan Rius Rivera (mano derecha de Maceo y una vez muerto éste su sucesor al frente de los insurrectos) y otros, que maltrechos y heridos tras la batalla cayeron presos. Estos hechos acaecieron en 1897 meses antes de la entrega de Cuba. Informado el General Weyler de la captura, inmediatamente envió un telegrama con la orden de fusilarlos. Don Cándido se negó a hacerlo reiteradas veces, alegando que los reos estaban gravemente heridos, a pesar de la vehemente insistencia de Weyler.
Weyler ha pasado a la historia cómo uno de los personajes más sanguinarios de las guerras coloniales. Había hecho gala de ello en Filipinas y volvió a repetirlo cuando tomó el mando en Cuba, aplicando una polítca represiva y una guerra sin cuartel a sangre y fuego.
Sospecho que la enemistad entre ambos generales fue anterior a éste hecho pero a partir del mismo la animadversión mutua fue pública y notoria.
Al cabo de unos meses llega de Madrid la medalla de Oro de san Hermenegildo, junto con premios y honores concedidos por la regente María Cristina, por sus actos de servicio y heroicidades durante la última guerra de independencia cubana. Se las tiene que imponer y entregar el General Weyler y según testigos presenciales ocurrió lo siguiente:
El general Weyler estaba en el patio del palacio militar de La Habana hablando con varios generales cuando aparece el General Don Cándido Hernández de Velasco. Al verle, le espetó de malos modos "General Hernández de Velasco,sé que viene usted por lo de sus medallas y honores, pero me niego a entregarselas hasta que no aclaremos el incidente que tenemos pendiente".
Refiriendose, obviamente a su negativa a obedecer la orden de fusilar a Juan Rius y los otros insurgentes.
Weyler medía menos de un metro sesenta y Hernandez Velasco como ya he escrito, era un hombre excepcionalmente alto para la época, pues medía más de un metro noventa.
Don Cándido, dio un paso al frente en su dirección (según testigos preseniales que tuvieron que contener la respiración, parecía que lo iba a aplastar cómo a una cucaracha) y cuadrándose frente a Weyler, desde su altura y mirándolo como a un alfeñique le contestó: "Mi general, yo he venido a Cuba a luchar con honor y cómo soldado en una guerra, no he venido a asesinar moribundos como si fueran perros".
Weyler visiblemente enfadado, se dio media vuelta y se marchó. Al cabo de poco tiempo no le quedó más remedio que imponerle la medalla y entregarle os honores militares, entre los que se encontraba la unión a perpetuidad de sus apellidos y el título de Marqués de Motril.
Honores y títulos que fueron por él rechazados, motivo por el cual sus descendientes directos y acatando sus deseos nunca usaron el Hernández de Velasco como apellidos ni trataron de recuperar el título de Marqués de Motril que les hubiera correspondido.
A su muerte en 1918, el rey Alfonso XIII ordena hacerle un entierro con honores de estado en Madrid y miles de personas salieron a la calle para darle su último adios al General. Cómo última broma borbónica Alfonso XIII designó a Weyler cómo su representante en el funeral. De forma que Weyler se vio obligado a rendirle honores a su más intimo enemigo.
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