


El pequeño cortijo está casi en medio de la nada. Tan solo unos cuantos bancales con unos almendros, varias higueras y unas chumberas que hacen de cerca a la pequeña finca en la que vive José, "vendedor de chumbos" durante los meses de verano con su mujer y sus 6 hijos. La pequeña finca de secano es propiedad de una mujer que ha enviudado y no tiene hijos ni familia. La mujer para no estar sola ha acogido en el cortijo a la familia de José," la tita Pastora" la llaman cariñosamente los niños
Cada día, durante los meses de julio y agosto, al amanecer cuando la luz gris del alba se les cuela por las rendijas del destartalado ventanuco de la habitación donde duermen se levantan José y su mujer, ellos saben por la intesidad de la luz, que ya es la hora de ponerse en marcha hacia el pequeño pueblo de labriegos y pescadores.
Bajan con su carga de chumbos en una pesada bicicleta por el polvoriento cauce de una rambla que los lugareños usan como camino, llevan su dulce y espinosa carga a venderla a los veraneantes de Torrenueva.
Torrenueva es por esa época un pequeño pueblo de humildes casas blancas con sus "chambaos de cañas y carrizo", donde veranean muchos vecinos de la capital de la provincia. La mayoría de estas viviendas pertenecen a estas familias, son las casas de los "señoricos" como se les conoce por parte de los nativos.
Todos los veranos los pescadores y labriegos más pobres tienen que dejar esas humildes viviendas para que sus propietarios "veraneen", se les permite habitarlas el resto del año con esa condición.
Ya con los primeros rayos del sol sobre el cerro del Maraute, el matrimonio de "vendedores de chumbos" entran por la calle real de la Torre y comienzan la jornada de trabajo.
"Al rico chumbo fresquito " es el grito de guerra que entona José. A la vez que pregona su dulce y espinosa mercancía va tirando de la pesada y antigua bicicleta cargada con dos banastas de chumbos por la "calle de la mar". La mayoría de sus clientes son fijos. Diariamente los veraneantes que quiere degustar este fruto en su desayuno esperan con el plato de loza a la puertas de sus casas el paso de este vendedor. En los hogares mas pudientes es la empleada de hogar la encargada de hacerlo. José Con gran habilidad pela la fruta, sus dedos parecen insensibles a las espinas, una docena por aquí, media docena por allá, así lentamente va recorriendo las principales calles y zonas de veraneantes hasta llegar al pequeño mercado de abastos, aquí a las puertas del mercado quedo su mujer con otra banasta, hoy han tenido suerte, han vendido toda su mercancía.
Antes de emprender el regreso compran algunas viandas en el establecimiento de Manolico el tendero que les da los comestibles "fíaos" en los días en que no hay donde ganar el jornal.
El camino de vuelta es por el mismo seco y polvoriento cauce de la rambla de Villanueva, detrás de una revuelta entre cañaverales y junto a la sombra de dos álamos blancos aparece el minúsculo cortijo. Los 6 niños, casi todos parejos, arrancan a correr muy alegres bajando por la cuesta que hay para llegar hasta la rambla, han visto llegar a sus padres y alborozados corren en busca de ellos.
Al atardecer, casi con el sol ya puesto, José coge unas tenazas y un cubo se introduce entre las chumberas y va recogiendo frutos, su mujer con una escoba hecha de "altabacas" los va barriendo para quitarles la espinas.
Mañana, al despuntar el alba volverán a recorrer el mismo seco y polvoriento camino con su dulce carga de higos chumbos, sus 6 hijos quedan al cuidado de la tita pastora, pueden irse tranquilos, la "tita Pastora" los cuida como nadie lo haría, ve en estos niños los hijos que la naturaleza a ella le negó.
Otro día más este matrimonio de "vendedores de chumbos" volverán a la Torre a vender a los veraneantes su dulce y espinosa fruta, esa venta les dará de comer a ellos y a sus hijos durante un tiempo.
Así día tras día, durante todos los veranos de unos años pertenecientes a un tiempo de escasez. De un tiempo en los que nadie andaba sobrado. Los niños que nos "criamos" en esa época nos conformabanos con tan poco. valorabamos mucho más las cosas, muchisimo más que los niños de hoy, que tienen por suerte de "todo", pero no aprecian el valor de nada. En aquellos tiempos de la España autárquica a nosotros los "chumbos" nos hicieron la vida algo más "dulce".
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