Desde siempre el poder ha tenido la preocupación de establecer mecanismos para controlar las masas, y no me estoy refiriendo precisamente a " la masa del pan", sino al concepto aplicado a grandes concentraciones de personas cuyo control produce verdadero preocupación en todos los regímenes políticos. La verdadera razón de este miedo a las masas les viene a los jerifaltes por la necesidad que tienen de perpetuarse en el poder o en su cercanías, da igual la ideología o religión que practiquen, "el poder es siempre el poder," y su practica lleva implícitamente el control de las masas, si no fuera así, algunos de los jerifaltes que andan por ahí durarían menos que un caramelo en la puerta de la escuela.
Todos los regímenes han utilizado mecanismos como válvula de escape a las frustraciones que el poder proyecta sobre las masas .Desde la antiguedad ha existido siempre " el circo romano" que ha ido cambiando y adaptandose con los tiempos a nuevas formas para el control colectivo de las personas y de sus posibles reaciones. Se trata de desviar la atencion del ser humano hacia temas menores, mientras se entretiene es manipulado olvidando lo esencial y importante para el desarrollo social.
En la actualidad las masas son un producto de la sociedad consumista que el capitalismo y la globalización económica han creado, por lo tanto los mecanismos modernos para su control obedece a un proyecto político bien claro: un proyecto de control, de sometimiento, de dominación. Siete mil millones de seres “originales” son una masa imposible de gobernar. Los estados necesitan sustituir la antigua homogeneidad campesina, forjada por siglos de tradición, con nuevos mecanismos para empaquetar, clasificar, enfrentar y distribuir contingentes humanos. Los grandes críticos de la sociedad de masas (Nietzsche, Ortega, Escuela de Frankfurt) cayeron en un aristocratismo que desvirtúa el alcance y la potencia de sus ataques. Además, ellos no conocieron –por razones cronológicas- la enorme capacidad de prostitución que poseen los medios de comunicación masivos. La televisión e internet se suman ahora a los medios tradicionales (periódicos, radio y demás sistemas de comunicación) y poseen la virtualidad de subastar –en el sentido literal- a personas. La categoría “mercancía” posee la nefasta potencialidad de aplicarse a toda cosa o relación social. Ella, la célula misma del capitalismo, aterriza sobre cualquier elemento o relación humana y al igual que las bacterias o los virus, posee una capacidad enorme de contaminación.
El capitalismo no puede existir sin llevar hasta el límite todas sus posibilidades de mercantilización general de la vida, de los seres, de las cosas. Por ello es preciso para que se cumpla su ley inexorable que deje de haber “personas” y en vez de eso solamente existan contingentes fácilmente distinguibles bajo colores o banderas absolutamente arbitrarias. Por ejemplo, el nacionalismo inventado de no pocos estados-nación, es enteramente comparable al fanatismo de los seguidores de un club de fútbol. La misma estupidez ensalzada por los medios de comunicación, el mismo comportamiento lanar y ovino de quienes necesitan “ir a por ellos”, siendo ese conjunto, “ellos”, una masa aborregada que se ha formado únicamente bajo agrupamientos artificialmente creados por los poderes (estados, corporaciones, medios de masas).
No se puede entender la sociedad contemporánea sin conocer quién mueve los hilos de estas masas teledirigidas, fácilmente manipulables. Cuando hay una final de fútbol, la explosión de banderas y exabruptos revela hasta qué punto es dócil el ser humano. Se trata de una agresividad colectiva canalizada con la misma eficacia con la que se canalizan los comportamientos de consumo. La simple necesidad social de consumir se transforma en compulsión, y de esa manera se activa aún más la demanda de explotación de los trabajadores que sostienen ese ciclo consumista. El fútbol y demás vergüenzas de la sociedad opulenta (en versión hispana: los toros, los macroconciertos de pseudomúsica, el Rocío y las procesiones de semana santa…) son fenómenos masivos de consumo en los que hay implicación de no pocos sectores económicos, como la hostelería, el turismo, la prensa, la “beautiful people”, que necesitan de ellos y viven de ellos. La verdadera cultura, en cambio, debe quedarse arrinconada en los márgenes del sistema. Los artículos de consumo intelectual o creativo que pudieran contener algún sentido crítico, subversivo para el sistema, una de dos, o son fagocitados por el sistema y ya por ello descargados de toda peligrosidad revolucionaria, o bien se transforman en productos especializados que no rompen las barreras que los agentes de planificación capitalista han fabricado.
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