Estos días de Marzo, cuando sobre la ciudad cae una fina y mansa lluvia me traen a mi mente nostálgicos recuerdos del
Motril de mi niñez. Remembranzas de aquel tiempo cuando llegaba la "monda", la
temporá, como decía mi madre. Por estos
días la ciudad se llenaba de jornaleros
que llegaban acompañados de sus bestias
y de unos pocos enseres para trabajar en la corta y acarreo hasta los ingenios del dulce fruto de nuestra vega. La "temporá " duraba desde mediados de marzo hasta los
primeros días de mayo. Estos temporeros procedían de los pueblos del interior de la provincia. Llegaban hasta Motril empujados por la necesidad económica,
venían para hacer un trabajo muy
duro como siempre ha sido la " monda", terminología
popular motrileña para denominar a la zafra o recolección de la caña de
azúcar. Trabajo, que salvo en muy
escasas ocasiones era detestado por la población laboral autóctona.
A estos esforzados
trabajadores y a sus familiares la población indígena los llamaba de forma jocosa y un tanto
cruel "follargos o
forasteros". El primer adjetivo solo existe en el diccionario motrileño, el otro está claro que
es en clara
alusión al carácter foráneo de su
procedencia. Con estos adjetivos, la crueldad
inocente de los niños motrileños componía una
cancioncilla de muy mal gusto con la que
trataban de "picarlos".
Creo que los que sois más o menos de mi
quinta os acordareis... "Somos de Motril y no lo negamos y a los
forasteros......." ¡Que “crueles” éramos los niños de antes!
Los forasteros se alojaban en lugares con muy pocas condiciones higiénicas sanitarias llamados "aperos". Los propietarios de estos alberges, los grandes hacendados, o los ingenios azucareros se gastaban muy poco dinero en acondicionar estos espacios. La caña de azúcar, nuestro dulce, milenario y romántico cultivo también ha tenido su parte negativa y amarga. Sudor y sangre de esclavos durante siglos en los latifundios de las colonias americanas y mucho sufrimiento de los temporeros en las vegas de la Costa de Granada y parte de la de Málaga. Nuestro oro dulce solo endulzaba el patrimonio y los bolsillos de los terratenientes y grandes hacendados.
El recuerdo me llega
en estos lluviosos días por
similitud del tiempo actual con el recordado, era empezar la monda y comenzaba
la temporada de lluvias, lo que hacía que las tareas en campo se paralizaban.
Había días que era imposible salir al campo y otros les cogía
la lluvia en medio de la faena. Mis
gastadas retinas conservan la
visión de aquellos acarretos en su
vuelta hacia los aperos con
los temporeros y sus animales de carga
empapados. Eran días en los que
el olor a melaza estaba presente en las calles y plazas empapando el aire hasta
casi emborrachar nuestra pituitaria. Las
sirenas de los ingenios daban largas pitadas anunciando los cambios de
turnos a los operarios. Aquellos
días en los que llovía y eran muchos,
pues yo creo, que es verdad el dicho: de que antes llovía más que ahora. Eran días de migas, de taberna, habas con
bacalao y rentoy. En Motril siempre han sido muy populares las
migas, bastaba que cayeran cuatro gotas para que tanto en la casa del rico,
como del pobre fuera impensable el
que se pudiera cocinar otra cosa que
no fuera este rico, pero poco
digerible plato. Respecto a la relación
de los días de lluvia con las migas, a pesar de
mis años sigo sin conocer cuáles
son las verdaderas afinidades para tan extraordinario matrimonio.
Pero da igual, a mí me gustan
siempre.
Durante la temporada de la
"monda", en los días
que esta quedaba paralizaba por
la frecuente lluvias primaverales, las tabernas del Camino las Cañas , de la Rambla
Capuchinos , de la Calle Nueva , la
Plaza Alceo o de la Calle el Cementerio se llenaban de jornaleros del campo, oriundos y forasteros. Los más prudentes se atizaban su
par de buenos maceteros de vino costa, porque claro, siempre por aquí se ha dicho: "que con una rueda no anda un carro". Con el calorcillo de vino aún en la garganta tiraban andadico pa la casa, antes de que se enfríaran las migas , que
si nó , hay que ver el genio que se gasta la parienta.
Otros, más curtidos en los días perdidos por causas naturales
y también en las lides matrimoniales
hacían el día suyo. Después
de varias rondas de peseteros
que todos querían pagar, alguien pedía la baraja al feliz tabernero para echar la partida de
rentoy y jugarse el importe de lo que se había consumido y lo que estaba
por consumir. Así
entre maceteros y peseteros, con tapas de habas y bacalao, llegaban
los envíos, los revios,
los vale nueve.....etc . Así hasta que alguno de los que ya mostraban una creciente jumera, se iba de vareta y tiraba todo el juego, con
el consiguiente cabreo del resto del
equipo. En esos momentos finales
mientras se tomaba el penúltimo
pesetero se discutían acaloradamente
los lances del juego... ¿porque envías?, si no llevabas ná. ¡¡ Pero si me habías hecho la Perica y el
Paulo!!. ¡Yo..., yo te había hecho el
ciego!. ¡¡ Anda que otro día vas a llevar tú
las señas...!!
Con el sufrido y trabajado cuerpo ya reconfortado por el
vino de la Contraviesa los jornaleros emprendían el regreso hacia el hogar. Unos tiraban para la Esparraguera, otros para el Cerrillo Jaime o para la calle Piedra Buena. Pero siempre había quienes, que
lo de irse para su casa les parecía
demasiado pronto y como después había que ir a buscar trabajo a la puerta del Café Comercial, para hacer más llevadero ese tiempo se metían en el Coliseo Viñas, en el Motril Cinema o el Calderón y ver la primera sesión de las películas que se proyectaba en estas afamadas salas motrileñas . A la gran mayoría le daba igual, con la
"jumera" de poco se enteraban, otros seleccionaba la cinta que iba a ver, mirando los
cartelillos de la Calle Nueva. En fin para algunos era días de
disfrute bien completicos. Más de
uno llegaba a su casa sin saber dónde se había dejado el
burro.
Fue un día de estos lluviosos
que había durante la "
temporá", cuando ocurrió esta anécdota
que me contaba mi padre. Había en Motril un arriero de nombre Eusebio. Como es sabido y notorio
los motrileños somos gente dada a abreviar el lenguaje. Por ello, todo el mundo
le llamaba "Usebio". Un día
de estos de lluvias, sin otra cosa que hacer el hombre se metió en el cine y cuando ya la película estaba bastante
avanzada en su proyección le dieron ganas
de hacer necesidades menores , se
levantó de su asiento echando a andar
por el pasillo, como las luces estaban apagadas y las cortinas de las
puertas de salidas echadas la oscuridad era total , así que el bueno de Usebio se desorientó
y empezó a gritar a voz en cuello
... ¿Dónde está el saliero?... ¿ Dónde está
el saliero? ..... Digo... Que no me he perdio en toa la vega de Motril y me voy
a perder en un cuarto marjal... Ni que
decir tiene el revuelo que se formó entre los acomodadores y las sonoras
carcajadas que provoco en el numeroso público que llenaba la sala y que
de inmediato reconoció la voz del bueno
a la vez que rudo Eusebio el arriero.
Sigue lloviendo sobre
Motril en Marzo, una lluvia mansa cae sobre
su perdida vega, pero ya ni se cortan cañas, ni apenas quedan tabernas, ni huele a melaza,
ni en nuestra vega se cultiva el hermoso
clavel reventón que cantara Paquito Rodríguez en
"Así es mi Granada", ni
ocurren estas anécdotas. Ni siquiera nos
queda el Rex, templo del motrileñismo, mentidero de la Muy Noble Y Leal Ciudad,
donde yo aspiraba el más puro sabor de los
cafetales y los aromas del pan tierno en
mis auroras soñolientas. La
desaparición del cultivo y el
paisaje que forjo durante siglos
la personalidad y la idiosincrasia de
los motrileños ha hecho que actualmente
nos parezcamos a cualquier otra parte del mundo. En fin, serán cosas de
la globalización, pero a mí, estos tiempos me cogen bastante flojo, prefiero
seguir inmóvil, pegado a mi
asiento de nostalgia, oyendo llover.
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