Francisco Lorenzo

Francisco Lorenzo

miércoles, 20 de marzo de 2013

DE CAÑAS Y PESETEROS



Estos  días de  Marzo, cuando sobre la ciudad cae una  fina y mansa lluvia me traen   a mi mente  nostálgicos recuerdos  del  Motril de mi niñez.  Remembranzas  de aquel tiempo cuando  llegaba la "monda", la temporá, como  decía mi madre. Por estos días la  ciudad se llenaba de jornaleros que llegaban  acompañados de sus bestias y  de unos pocos enseres para trabajar en  la corta y acarreo hasta los ingenios  del dulce fruto de nuestra vega.  La "temporá "   duraba desde mediados de marzo hasta los primeros días de mayo. Estos temporeros procedían   de los pueblos del interior  de la provincia. Llegaban  hasta Motril empujados por la necesidad  económica,   venían para hacer un trabajo  muy duro como siempre ha sido la " monda",  terminología  popular motrileña para denominar a la zafra o recolección de la caña de azúcar. Trabajo, que salvo  en muy escasas ocasiones era detestado por la población laboral  autóctona.  A  estos esforzados trabajadores  y a sus familiares  la población indígena  los llamaba de forma jocosa y un tanto cruel   "follargos  o  forasteros".  El primer  adjetivo  solo existe en  el diccionario motrileño, el otro está claro que  es  en clara  alusión al carácter foráneo de  su procedencia.  Con estos adjetivos, la  crueldad  inocente  de los niños motrileños componía   una cancioncilla de muy mal gusto  con  la que  trataban de "picarlos".  Creo que los que sois más o menos de mi  quinta os acordareis... "Somos de Motril y no lo negamos y a los forasteros......."   ¡Que “crueles”  éramos los niños de antes!

Los forasteros  se alojaban en lugares con muy pocas condiciones higiénicas sanitarias llamados "aperos". Los propietarios de estos alberges,  los grandes hacendados, o los ingenios azucareros  se gastaban muy poco dinero  en acondicionar estos espacios.  La caña de  azúcar, nuestro dulce, milenario y romántico cultivo también ha tenido  su parte negativa y amarga. Sudor y sangre de esclavos durante siglos en los latifundios de las colonias americanas y mucho sufrimiento de los temporeros en las vegas de la Costa de Granada y parte de la de  Málaga. Nuestro  oro dulce   solo endulzaba el patrimonio y los bolsillos de los terratenientes  y grandes hacendados.

El recuerdo  me llega en estos lluviosos días  por similitud  del tiempo actual con el  recordado, era empezar la monda y comenzaba la temporada de lluvias, lo que hacía que las tareas en campo se paralizaban. Había días que era imposible salir al campo y otros  les cogía  la lluvia en medio de la faena. Mis  gastadas  retinas conservan la visión de aquellos acarretos  en su vuelta hacia  los aperos  con  los temporeros y sus animales de carga  empapados. Eran días  en los que el olor a melaza estaba presente en las calles y plazas empapando el aire hasta casi emborrachar nuestra pituitaria. Las  sirenas de los ingenios daban largas pitadas anunciando los cambios de turnos a los operarios.   Aquellos días   en los que llovía y eran muchos, pues yo creo, que es verdad el dicho: de que antes llovía más que ahora.   Eran días de migas, de taberna, habas con bacalao  y rentoy.  En Motril siempre han sido muy populares las migas, bastaba que cayeran cuatro gotas para que tanto en la casa del rico, como  del pobre fuera  impensable el  que se pudiera cocinar otra cosa que  no fuera este  rico, pero poco digerible plato. Respecto  a la relación de los días de lluvia con las migas, a pesar de  mis años   sigo sin conocer cuáles son las verdaderas afinidades para tan extraordinario  matrimonio.  Pero  da igual, a mí me gustan siempre.

Durante la temporada de la  "monda", en los días  que esta quedaba paralizaba  por la frecuente lluvias primaverales,  las tabernas  del Camino las Cañas , de la Rambla Capuchinos , de la Calle Nueva ,  la Plaza Alceo o de la Calle el Cementerio se llenaban  de jornaleros del campo,  oriundos y forasteros.  Los más prudentes se atizaban   su  par  de  buenos maceteros de vino costa, porque claro, siempre  por aquí se ha dicho:  "que  con una rueda no anda un carro". Con el calorcillo de vino aún en la garganta tiraban  andadico  pa la casa,  antes de que se enfríaran las migas , que si  nó , hay que ver  el genio que se gasta la parienta. Otros,  más  curtidos en los días perdidos por causas naturales y también en las lides matrimoniales   hacían el  día  suyo.  Después  de varias  rondas de peseteros que  todos querían pagar,  alguien pedía la baraja al  feliz tabernero para echar la partida de rentoy y jugarse el importe de lo que se había consumido y lo que estaba por  consumir.  Así  entre maceteros y peseteros, con tapas de habas y bacalao, llegaban los  envíos,  los revios,  los vale nueve.....etc .  Así  hasta que alguno  de los que  ya mostraban  una creciente jumera,  se iba de vareta y tiraba todo el juego, con el consiguiente cabreo del   resto del equipo. En esos momentos finales   mientras se tomaba el penúltimo  pesetero se discutían acaloradamente  los lances del juego... ¿porque envías?, si no llevabas ná.  ¡¡ Pero si me habías hecho la Perica y el Paulo!!.  ¡Yo...,  yo te había hecho el ciego!. ¡¡ Anda que otro día vas a llevar tú las señas...!!

Con el sufrido y trabajado cuerpo ya reconfortado por el vino de la Contraviesa los jornaleros emprendían el regreso hacia el hogar.   Unos tiraban para la Esparraguera,  otros para el Cerrillo Jaime  o para la calle Piedra Buena. Pero siempre había  quienes, que  lo de irse para su casa  les parecía demasiado pronto y como después había que ir a buscar trabajo  a la puerta del  Café Comercial,  para hacer más llevadero  ese tiempo se metían  en el Coliseo Viñas, en el Motril  Cinema o el Calderón  y  ver la primera sesión  de las películas  que se proyectaba  en estas afamadas salas  motrileñas . A la  gran mayoría le daba igual, con la "jumera" de poco se enteraban, otros seleccionaba  la cinta que iba a ver, mirando los cartelillos de la Calle Nueva. En fin para algunos  era días de  disfrute  bien completicos. Más de uno  llegaba  a su casa sin saber dónde se había dejado el burro.

Fue un  día de estos lluviosos que  había durante la " temporá",  cuando ocurrió esta anécdota que me contaba mi  padre.  Había en Motril un arriero  de nombre Eusebio. Como es sabido y notorio los motrileños somos gente dada a abreviar el lenguaje. Por ello, todo el mundo le llamaba "Usebio".   Un día de estos de lluvias, sin otra cosa que hacer el hombre se metió en el cine  y cuando ya la película estaba bastante avanzada en su proyección le dieron  ganas  de  hacer necesidades menores , se levantó  de su asiento echando a andar por el pasillo, como las luces estaban apagadas y las cortinas de las puertas  de salidas  echadas  la oscuridad era total , así que el bueno de Usebio    se desorientó  y empezó a gritar  a voz en cuello ... ¿Dónde está el saliero?...  ¿ Dónde está el saliero? ..... Digo... Que no me he perdio en toa la vega de Motril y me voy a perder en un cuarto marjal...  Ni que decir tiene el revuelo que se formó entre los acomodadores  y las sonoras  carcajadas que provoco en el numeroso público que llenaba la sala y que de inmediato reconoció la voz del bueno  a la vez que rudo Eusebio el arriero.

 Sigue lloviendo sobre Motril en Marzo, una lluvia mansa cae sobre   su perdida vega,  pero  ya ni se cortan cañas,  ni apenas quedan tabernas, ni huele a melaza, ni en nuestra vega se cultiva el hermoso  clavel reventón que cantara Paquito Rodríguez  en  "Así es mi Granada",  ni ocurren estas anécdotas.  Ni siquiera nos queda el Rex, templo del motrileñismo, mentidero de la Muy Noble Y Leal  Ciudad,   donde yo   aspiraba el  más puro sabor  de  los cafetales y los  aromas del  pan tierno en  mis auroras soñolientas.  La desaparición del cultivo y el  paisaje  que forjo durante siglos la personalidad y la idiosincrasia  de los motrileños ha hecho que actualmente  nos parezcamos a cualquier otra parte del mundo. En fin, serán cosas de la globalización,  pero a mí,   estos tiempos me cogen bastante flojo,   prefiero  seguir inmóvil, pegado  a mi asiento de nostalgia, oyendo llover.

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